En las extensas guerras las derrotas son más sonoras que la victoria, porque los pesados dolores del terrorismo y de las muertes son más fuertes y crueles que los ecos flamantes del éxito; por eso para los gobernantes, la paz deber ser como la esperanza, una posibilidad que nunca debe agotarse.
El mejor negocio para un gobierno, para una sociedad y para una persona es evitar la guerra. Quien se somete a la guerra se cubre con la armadura del guerrero: su sensibilidad, su sosiego, la razón, su presupuesto, su familia, su hogar, la educación, la salud, el amor, todo se distorsiona.
Cuando alguien decide ir a la guerra, ya es otro el que anda y vive bajo su piel. En su andar se parece a un tigre que al mirarse vive la sensación de estar preso, porque lleva en la piel los barrotes de su jaula, y camina en ausencia de luz para no observar sus huellas; el color de la sangre de la victima lo convierte en un animal escurridizo, que huye hasta de su propia sombra.
Quien se decide por la guerra, su vida y su territorio se reducen al tamaño de los pies. Un hombre de guerra muere en guerra. Los románticos mueren del corazón, los toreros mueren bajo la erótica furia de los cuernos del toro, los boxeadores por los golpes demoledores de sus adversarios, los adictos a las drogas por la degeneración acelerada de las neuronas cerebrales, y los que optan por las sendas del terrorismo y de la guerra, mueren por los efectos letales del terror y de la guerra. “El que a hierro mata a hierro muere”, dice el proverbio.
La guerra no termina con la guerra, jamás será victoria izar una bandera sobre miles de tumbas e incontables cadáveres. A esos colombianos que viven en la guarida de las selvas, con la terquedad asfáltica de los fusiles y que en un momento de la historia abrazaron una ideología de soñar con tomarse el poder para instaurar el régimen del socialismo, ya no es posible, ya esa propuesta es decimonónica, ni siquiera es una utopía. El comandante cubano, Fidel Castro, máximo símbolo de la lucha guerrillera de los años de 1960 en América latina, lo dijo hace poco: La lucha armada en estos momentos, no es posible. Es una lucha estéril.
Con el contundente golpe al cuartel del “Mono Jojoy”, las Fuerzas Armadas de Colombia han demostrado que tienen todo la capacidad logística, tecnológica y armada para derrotar a la guerrilla, y además cuentan con el respaldo de la Comunidad Internacional. Es hora, de que estos colombianos, que también son victima de su propio secuestro, liberen a todos los secuestrados, renuncien a su obstinación guerrera y de martirologio, y se desmovilicen respaldados por las garantías y las protecciones establecidas por el gobierno. Es una alternativa de vida, y la vida siempre es mejor que la muerte.
JOSE ATUESTA MINDIOLA.
lunes, 27 de septiembre de 2010
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